Un gran sacerdote argentino, el P. Leonardo Castellani, escribió una serie de fábulas e historias sencillas durante su vida, para ejemplificar las más profundas e interesantes verdades…

He aquí una, “La risa del Pirincho”:

“En el tiempo en que Don Júpiter repartía sus dotes a todos los bichos vivientes —tan variados, tan caprichosos, tan admirables—, se presentaron ante su trono sacro los Pirinchos y dijeron:

— Sacro y Cesáreo Señor, a cada quisque has dado su propio gaje: a la Calandria el canto, al Aguilucho el vuelo, a la Lechuza la reflexión, al Casero la habilidad y a la Golondrina el deporte.

Queremos que a nosotros nos des la risa.

— ¿Para qué? −preguntó el padre de los dioses y de los hombres.

Para reírnos todo el santo día y así ser felices.

— Hum −dijo el Tonante−, sin que crea yo con Schopenhauer que el dolor es la fuente de la filosofía, me parece sin embargo que la demasiada alegría entontece. ¿Ustedes creen que la mucha alegría es lo mismo que la felicidad? La felicidad, si la hay en la mortal vida, debe ser una cosa más honda…

— A cada cual −replicó el Pirincho−, que se le dé lo que pide, y cada cual se arreglará como pueda. Ese es el trato.

— Amén, hijo, y que San Pedro te lo bendiga. Afuera ahora, y dejen cancha.

Ahora bien, los Pirinchos nunca han sido muy vivos de la cabeza. Pero desde aquel día que empezaron a reírse a carcajada seca de una hojita que caía, del viento que soplaba, o bien de nada, por el puro gusto de reírse todo el santo día, los pobres fueron empeorando.

La segunda generación de Pirinchos salió zonza, zonza en crudo, sin atenuantes; y la tercera, estúpida de solemnidad, como ahora, incapaces de la menor especulación intelectual. No saben cuándo va a cambiar el tiempo, tropiezan con los hilos del teléfono y con las ramas, no aciertan a pararse y a equilibrarse y hacen unos nidos… ¿Ustedes no conocen un nido de Pirincho? Es un montón informe de ramas donde una docena ponen sus huevos en común. Eso les faltaba. Se han hecho comunistas los pobres.”

Hasta aquí la fábula. Simpática, ¿no?

Como vamos a profundizar en el tema de la alegría, sería adecuado hacer algunas distinciones. Hay que discriminar entre alegría fisiológica y alegría cristiana (como dice San Josemaría Escrivá, en su Camino 659). La primera tiene motivaciones extrínsecas (externas) y es propia del animal sano: bien comido, bien bebido, bien dormido, con dinero en sus bolsillos y sin problemas personales, familiares, sociales, etc.

La alegría cristiana, en cambio, es intrínseca (íntima, no por las circunstancias) y reluce en medio de las contrariedades de la vida cotidiana. Esta alegría parece una locura, es algo extraordinario dado por Dios para que, poniendo nuestro granito de arena, podamos contagiarla a muchos. Una alegría serena, con gancho… “en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos”, como decía el santo que citamos a continuación.

¿No hay alegría? –Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. – Casi siempre acertarás. San Josemaría Escrivá

La alegría cristiana nos hace valientes, nos permite olvidarnos de nosotros mismos por el bien de nuestros hermanos, porque nuestra vida está llamada a ser un servicio, nuestra vocación es darnos, y sólo en ello hallamos verdadera paz y felicidad. Quien no crea esto, haga la prueba.

Esta alegría no nos quita la cruz, no nos limpia los abrojos y piedras del camino, sino que, en medio de eso y con todo “en contra” nos permite estar contentos, estar contenidos en la Divina Voluntad, que permite todo para nuestro bien y el de tantas almas.

Hay mayor alegría en dar que en recibir. Hechos 20, 35

Puede estar verdaderamente alegre quien descansa en el Corazón de Dios y en el de María Santísima, pues cree y confía en ellos. Sabemos que nada se les escapa, que todo lo que tenemos que hacer es dar nuestro SÍ, poner todo de nuestra parte y dejar que Él haga la suya.

Supongamos que alguien quiere irse de viaje a un sitio espectacular. Si no hace las maletas, carga combustible al vehículo y reserva un hospedaje, probablemente no haga su esperado viaje. Ahora bien, supongamos que hace todo lo nombrado y de camino al lugar se le rompe una rueda, se pincha o lo que sea, y como llega muy tarde al hospedaje, su habitación la dan a otro turista. Primero se molesta, pero evita quejarse porque sabe que, aunque puso de su parte, el Señor dispone. Se queda tranquilo porque fue fiel a lo que veía que tenía que hacer, y no fue negligente.

¿Dónde está la diferencia? En el primer caso, el sujeto no toma las decisiones concretas que debe, no pone de sí, y nada ocurre, pues Dios se vale de lo que hacemos. En el segundo, la persona intenta, pone los medios, se esfuerza, pero Dios permite una contrariedad, y puede que en un momento dado la persona comprenda el motivo de esta. Casos reales similares hay miles y miles…

La alegría, la humildad y el espíritu de servicio son inseparables. Nada predispone mejor a la generosidad con Dios y con el prójimo, que la alegría fundada en la humildad. La humildad forja a las almas para una vida madura de servicio, de la cual se sigue la alegría como recompensa. En cambio, la tristeza nos ensimisma haciéndonos girar perpetuamente sobre el propio “yo”.

En la Sagrada Escritura se nos insta, se nos pide con insistencia, que vivamos haciendo actos de servicio y amor:

Ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías. Éxodo 23, 15

Servir al prójimo es un mandato divino, pero cada uno verá cómo aplicarlo a su realidad concreta. Algunos estarán llamados a vivirlo en apostolados sociales, en grupos parroquiales, dando catequesis, limpiando la parroquia, y tanto más.

No tenemos que hacer TODO, pero sí TODOS estamos llamados a servir, y a hacerlo con auténtica alegría, que brota de un corazón humilde lleno de Dios.

Sobre todo, el servicio alegre debemos vivirlo en casa, con los primeros prójimos. Ahí, donde más cuesta, donde generalmente sale a la luz lo peor de nosotros, es el lugar ideal para ponernos en marcha, para ejercitarnos. Si en lo cotidiano de nuestro hogar podemos, afuera saldrá solo, casi por añadidura, pues termina esta situación siendo reflejo de la otra.

¿Cómo podemos vivir esto? Como decíamos, cada uno debe examinar la propia vida y plantearse cómo poner en obras este mandato del amor y el servicio. Claro que no se trata de fomentar la comodidad y de querer asumir las responsabilidades de los otros. Debemos rezar, y pedirle al Señor que nos muestre el camino, el modo correcto de hacer todo.

El criterio es: salir de sí y darnos al prójimo, hacerle el bien, no sólo evitarle el mal. El amor es proactivo, se anticipa, tiene iniciativa.

Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado. San Josemaría Escrivá, Surco, 795

En resumen, reconocernos pequeños nos impulsa al servicio del prójimo, a vivir la vocación del amor, y esto produce en el alma una alegría profunda, auténtica. Por eso, nuevamente, la humildad, el servicio y la alegría son inseparables. ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.