El tiempo que Dios nos ofrece en este mundo nos acerca cada día a pensar sobre lo que somos y lo que hemos hecho. Recuerdo una ocasión de Misa dominical, en donde me encontraba muy triste por sucesos de los cuales me arrepentí (por mis acciones). Y en el apacible continuar de la Misa encontré alivio con cada oración que hacía repetir mi arrepentimiento hacia Dios mismo.

Esta experiencia de fe me encaminó a analizar con mayor profundidad las palabras que el Padre Pío decía de este sacrificio. Pues en realidad, la Santa Misa no es un compromiso social, ni mucho menos protocolario, es vivir nuevamente, en sentido amplio la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, tal como lo decía el Santo Padre Pío.

La vida es una lucha, pero conduce a la luz. Padre Pío

Es por eso que el valor de la Misa es infinito. No tiene precio humano, el “límite” de su valor, por decirlo de alguna manera, lo ponemos nosotros con nuestra disposición de prepararnos, de estar y de cómo salimos de la Santa Misa. Como premisa, al ir a Misa debemos vaciarnos de nosotros mismos. Si lo que queremos es llenarnos de Dios, entonces tenemos que dejar libre el espacio que queremos que sea llenado por la experiencia de nuestra salvación. Es así porque desde la señal de la cruz, decía el Padre Pío, es el tiempo del encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la inmensidad de nuestros pecados. La oración del “Yo confieso” nos sitúa en nuestra posición de arrepentimiento y las lecturas y el Evangelio son las palabras que recibimos en ese duro momento del Getsemaní.

El ofertorio es la evocación del arresto de Cristo, es la hora del comienzo de la Pasión y del ofrecimiento de su Cuerpo y Sangre. Sin embargo, es también el momento de presentar nuestras ofrendas que pueden ser todos nuestros problemas y aflicciones, como también el agradecimiento por las bendiciones recibidas.

Nada mas Todo, es igual a Todo.

Sigue un momento de agradecimiento, en el prefacio. En este instante, por muy incomprensible que parezca, Jesús, dirigió sus palabras al Padre como agradecimiento de estar “aquí y ahora”. Todo cobra sentido cuando desde nuestro prefacio tenemos consciencia de que lo que se acerca es nuestra liberación, gracias al sacrificio próximo de Jesús. Ahora nos encontramos con Jesús en la prisión, en la plegaria eucarística hasta la consagración. En este momento está por comenzar la flagelación y la coronación de espinas, y este es el punto en donde nuestras oraciones deben estar centradas por los vivos y los muertos, ya que se acerca el camino a la cruz.

El padre Pío mencionaba que el momento de la Misa donde más sufría y lloraba era en la consagración, y es así porque es en ese instante donde se realiza la Crucifixión. La elevación del pan y el vino, es la elevación de la cruz. Es el momento más duro dentro de toda la Misa, en el cual debemos encontrarnos con el valor del sacrificio.

El momento de la doxología final: “Por Cristo, con Él y en Él” es el mismo de las últimas palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

¿Has notado que el sacerdote, después de levantar el pan y el vino, quiebra un pedazo del pan y lo deja caer en el cáliz? Este momento se llama intinción, y es la reunión del cuerpo y la sangre de Cristo, ¡es el signo de la resurrección! La batalla contra la muerte fue vencida y ahora nos toca alimentarnos del cuerpo resucitado. La comunión podría ser la parte más importante de toda la Misa para muchos. La común – unión se refiere a Dios y yo en todos sentidos.

Muchas veces podríamos no saber cómo hablar con Cristo en ese momento, porque tenemos mucho en nuestro corazón, pero tan pocas palabras en nuestra mente. El Padre Pío decía que al momento de comulgar él pedía a Dios de esta manera: Que sea otro Jesús, que sea todo de Jesús, que sea siempre de Jesús.

Ya que nuestra alma es muy cambiante, esta frase nos recordará buscar siempre estar cerca de Jesús y no permitir que nuestro comportamiento aleje a otras personas de Él.

La Misa termina con el signo de envío y misión, después de su pasión y tras haber resucitado. Con la paz de la bendición final, recibimos la fuerza de Dios (en la medida con la que nosotros llegamos para ser llenados).

El Padre Pío afirmaba que, si por él fuera, él estaría en el altar todo el tiempo. El consuelo que buscamos siempre se puede encontrar en la Santa Misa, escuchando con atención cada detalle de su liturgia. Es muy consolador encontrar belleza de Su amor resplandecer en nuestra miseria, por eso no escatimes en ir a Misa siempre que puedas, porque el sacrificio y la resurrección están siempre esperando por nosotros. ¡Dios mismo nos espera!

Diego Quijano

Publica desde abril de 2019

Mexicano, 28 años, trabajando en ser fotógrafo, bilingüe, cristiano y esposo.