Todos hemos atravesado la etapa de la niñez, y es muy normal que, ya siendo mayores, al emboscarnos repentinamente el recuerdo de alguna vieja experiencia, le suceda una intensa nostalgia, un deseo de volver a esa vida, a esa etapa que hemos perdido.

Este sentimiento no es, ni más ni menos, que un llanto de nuestro niño interior… pero esto lo veremos al final.

La cuestión ahora es: ¿Realmente hemos perdido nuestra niñez, o hemos elegido olvidarla? 

La razón por la cual la infancia es tan importante en nuestro desarrollo es debido a que recién empezamos a vivir. Nos encontramos rodeados por un mundo por completo desconocido que nos sorprende con reglas que no conocemos, resoluciones que no comprendemos y seres que nos aterran o fascinan (o ambos), y que de algún modo hemos “aterrizado” en este lugar extraño para formar parte de él.

En pocas palabras: cuando somos niños, vivimos en el país de las hadas. 

La mayor maravilla de la niñez, es que todo en ella puede ser una maravilla

G.K.Chesterton


¿Cómo es que los niños tienen la capacidad de jugar a que luchan contra dragones imaginando, por ejemplo, que el vendedor de panchos de la plaza se puede convertir en un caballero de armadura escarlata?

Muy simple: al vivir en un mundo mágico, un dragón que escupe fuego no es más maravilloso que un vendedor de panchos, tampoco resulta más inverosímil que en cualquier momento saque una espada y arremeta al monstruo como San Jorge.

Para los niños no son sólo cosas que pueden, remotamente, llegar a pasar. Son cosas que muy probablemente podrían pasar pero que a veces simplemente deciden no suceder. Probablemente, diría un niño, porque el vendedor de panchos tiene que ocultar su identidad secreta y el dragón está justo durmiendo la siesta.

Pero para el infante el monstruo puede despertar en cualquier momento, el vendedor súbitamente puede sentir el llamado a la aventura, romper su disfraz y saltar a su corcel con aspecto de escoba (porque se trata de un caballo, por supuesto, y no de una escoba común y corriente).

En los niños se cumple la afirmación de Cortázar: la fantasía se encuentra a la vuelta de la esquina, porque la fantasía es la esquina. La vida no sólo está llena de maravillas, es el País de las Maravillas donde todo puede ocurrir. Y para verificar esto, sólo hay que levantar la mirada.

Ahí está la cuestión, el error que muchos de los que somos “gente mayor” cometemos: es incorrecto decir que los niños ven maravillas donde no las hay, porque la vida en sí misma es una maravilla. Ven cosas que nosotros no vemos porque nos hemos olvidado cómo ver.

Decía Saint Exupéry en “El Principito” que todas las personas mayores fueron primero niños, pero que muy pocas lo recuerdan ¡Cuán cierto y doloroso es esto!

Como Edipo, tenemos ojos que no nos sirven para ver lo importante. Somos tontos y ellos sabios, como Tiresias, porque contemplan la belleza. Aunque carezcan, como el adivino, de la visión de otras cosas importantes, les basta con ver lo esencial.

Ven la vida, ni más ni menos, a la cual nosotros solemos dar la espalda porque nuestro corazón se ha endurecido. Porque la gente mayor ama hacer cosas en su vida, pero los niños aman vivir.

No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos

Antoine de Saint-Exupéry

Los niños entienden mejor el mundo que los adultos porque ellos viven de verdad, por el contrario, la gente mayor deja pasar la vida porque se ha, en cierto sentido, aburrido de ella. Ver a un dragón asomarse por el tejado de Don Emilio puede resultar paralizante la primera vez, pero seguramente pasaríamos de largo si fuese aquel un fenómeno que se llevase a cabo todos los días.

Hasta le diríamos escépticamente a la bestia: “¡Ah, vos otra vez! Dale, decile a Emilio que después nos tomamos unos mates. Andá, sé un buen dragoncito”.

Nos enfocamos tanto en construir rutinas y planes para nuestras vidas que nos olvidamos de vivir. Damos tanto lugar a planificar y entender la secuencia de hechos en nuestras vidas que nos olvidamos de vivir y disfrutar de ellos ¿Cuántas cosas nos estaremos perdiendo por vivir a base de esquemas y planes?

La vida no es una monótona sucesión de eventos sino una eufórica acumulación de instantes. Dios no es un oficinista plano y gris que hace siempre el mismo trabajo, sino un niño redondo y colorido que crea cada flor como si no existiesen más flores; que crea cada persona de modo que no exista ninguna igual; que hace salir el sol cada mañana con la misma belleza mística que el primer amanecer del Edén.

¿Por qué creen que los niños adoran tanto los juegos repetitivos? Desean que ese instante dure eternamente. Tienen el santo deseo de una belleza y bondad perdurables, que intentan conseguir viviendo los momentos placenteros una, y otra, y otra vez.

Fíjense que, cuando hacen algo, no piensan: “una vez, dos veces, tres veces…” sino: “una vez, otra vez, otra vez, otra vez…”, porque no se fijan en la sucesión sino en los instantes, cada uno por separado, saboreando cada bocado.

¿No dijo acaso el Señor que nos fijemos en el hoy y no en el mañana (Cf. Mt 6,34)? Lo mismo nos enseñan los niños: ¿No deberíamos vivir el ahora, este instante que se nos regala, en lugar de preocuparnos por lo que acontecerá? 

Los niños son santos porque son imagen de Dios: puros, maravillados ante la Creación, amantes de la vida y de la belleza ¿No dijo acaso San Agustín “Ama y haz lo que quieras”? Pues bien, los niños son los mayores maestros, en lo que amar se refiere (tal vez por eso, cada tanto, se sientan tentados a hacer alguna que otra travesura).

Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el Reino de los Cielos es de los que son como ellos

Mt 19,14

Crecer no es opuesto a ser como niños, lo opuesto a ser como niños es crecer sin imitarlos.

Todos tenemos un niño en nuestro interior, un niño que ha sido dejado de lado y que en algún momento se lo mandó a dormir la siesta, y nunca más despertó.

Pasaron los días, las semanas, los meses, los años, y en una búsqueda por madurar y afirmar nuestra identidad, terminamos perdiendo lo esencial. Nos inflamos hasta dimensiones vergonzosas y nuestro corazón siguió igual, con el mismo tamaño, sin adaptarse. Y nuestro niño interior quedó atrapado en él: en aquella disforme prisión de piedra.

Está ahora mismo dentro de nuestro corazón, acurrucado, solo, sin nadie con quien jugar. Si sentimos angustia ante cosas que nos recuerdan a nuestra infancia, más allá de los problemas que habremos podido tener ¿No será, tal vez, porque nuestro niño está siendo descuidado?

¿No sería mejor ayudarle, y hacernos un favor a nosotros mismos? ¿Hasta cuándo seguiremos esta farsa? ¿Hasta cuándo le privaremos de su libertad? ¿Hasta cuándo dejaremos nuestra vida pasar? Una cosa es tener responsabilidades, y otra muy distinta que las responsabilidades nos tengan a nosotros.

Uno se preguntará: ¿Qué puedo hacer? La respuesta es sencilla: ¡Juega, vive, disfruta, sé como un niño!

¡Ten la humildad de sonreír, la osadía de reír, la valentía de jugar, el placer de divertirte! ¡Deja un poco los esquemas, rompe tus estructuras, por Dios! ¡Asómbrate ante los árboles mágicos, tiembla ante los truenos monstruosos, saborea la caricia de la brisa vespertina, aplaude ante el profético amanecer!

¡Sé un niño, sé un loco, sé un santo! Que sólo para esto sirve la vida.

Thiago R. Harispe

Publica desde febrero de 2022

Aunque la aventura sea loca, intento mantenerme cuerdo. 18 años. Argentino. Estudio letras. Miliciano de Fasta, Ruca Nehuén. Intento poner mi corazón en las cosas de Dios. Cada tanto salgo de mi agujero hobbit y escribo cosas.