Con el paso del tiempo, la humanidad ha tenido que hacer frente a diferentes pestes, tales como la peste negra o peste bubónica, la nueva peste negra, la gripe española, la gripe asiática, la gripe de Hong Kong, el VIH, la ébola, la SARS, la gripe H1N1 o gripe porcina, el MERS, por nombrar algunos virus que han cobrado la vida de millones de personas a nivel global.

Una de estas enfermedades más recientes es el Covid-19, virus que ha cobrado la vida de casi 6,3 millones de personas los últimos 3 años. Pero todas estas catástrofes globales no son nada comparadas con el síndrome de “el Dios olvidado” que tristemente hoy en día padecen muchos cristianos, y el cual consiste en dejar en el olvido a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo. Lo que dichas enfermedades tienen en común con éste último síndrome es que ambos están matando la vida, tanto corporal como espiritual, de cientos cristianos

Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y habló por los profetas.

CREDO DE NICEA – CONSTANTINOPLA

Como leíamos en la anterior cita del Credo Niceoconstantinopolitano, al invocar al Padre y al Hijo, invocamos también al Espíritu Santo, y de la misma manera al adorar y glorificar al Padre y al Hijo adoramos también al Espíritu Santo, quien recibiría “una misma adoración y gloria”. En este orden de ideas, sabemos bien que, al orar a la Santísima Trinidad, oramos también al Espíritu Santo. Pero de igual forma, es justo y necesario invocarle a Él por individual, sin tener miedo de que el Padre o el Hijo se enfaden con nosotros por invocar solamente al Espíritu Santo, pues Ellos son Tres en Uno y Uno en Tres, lo que quiere decir que si hablamos con Uno hablamos con Todos, y, si hablamos con los Tres, hablamos con la Persona de la Santísima Trinidad a la que nos estemos refiriendo en el momento. En este caso: el Espíritu Santo.

Estos días hablaba con un amigo que me decía que en todo momento los cristianos estamos pensando en el Padre y en el Hijo, en Dios y en Cristo, en Yahvé y en Jesús, pero ¿dónde queda el Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador? ¿En el olvido? ¿Se quedó solamente en Pentecostés, o, peor aún, en el día de nuestro Bautismo y de nuestra Confirmación? Lo mismo pasa con la Santísima Virgen María: ¿solamente rezamos el Santo Rosario el 13 de mayo, o en los Rosarios de Aurora los primeros sábados de mes? Así como estos, hay muchos ejemplos, citando por último el día de un cumpleaños, en el que únicamente recordamos al festejado en su día, pero ¿qué pasa con los demás días del año, en dónde queda? Lo mismo sucede con el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el gran olvidado en nuestras oraciones: nosotros frecuentemente rezamos a Jesús, oramos al Padre, especialmente cuando rezamos el Padre Nuestro, pero no rezamos frecuentemente al Espíritu Santo, es verdad. ¿No? Es el olvidado.

PAPA FRANCISCO

Hermanas y hermanos, hemos celebrado ya la Solemnidad de Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo, la Fiesta de la Iglesia, de la Iglesia del Señor, como dice un canto católico. Con esta Celebración la Iglesia da término al Tiempo Litúrgico Pascual que comenzamos el pasado Domingo de Resurrección, y al mismo tiempo da inicio al Tiempo Litúrgico Ordinario II.

La invitación es entonces a dejar que el Espíritu Santo  nos acompañe en todos los días de nuestra vida, no que se quede solamente en la belleza del Cirio Pascual, que ahora pasará a estar acompañando a la Pila Bautismal en nuestras parroquias, sino a que le invoquemos con más frecuencia, pues Él es el quien santifica todo, el que renueva la belleza de nuestra vida cristiana que sin Él queda oscura, agria, sin sabor, pues el Santo Espíritu es la vida lo que la sal es la comida. Él, que hace nuevas todas las cosas, que rejuvenece a la Iglesia, el que la aviva, la revitaliza, la pone en salida, el que habló por los profetas no sólo en el Antiguo Testamento, sino que aún en un mundo tan enfermo por el síndrome de “el Dios olvidado” sigue palpitando en la belleza de los corazones de los cristianos moribundos por este virus, invitándolos a dejarse sanar por Él, dejarse iluminar por Cristo Resucitado y hacerlos discípulos suyos como San Pablo apóstol.

Que el Espíritu Santo, Dulce Huésped del alma, permanezca en nosotros y nosotros permanezcamos en Él.

John Sergio Reyes León

Publica desde julio de 2020

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Soy un joven de 18 años de edad nacido en Bogotá pero residente en Medellín (Colombia). Estudio inglés, soy comunicador parroquial y aspirante al seminario. Sigo el ejemplo de los evangelistas al relatar la buena nueva que Dios ha hecho en mi vida. Ahora no hablo yo, es el Espíritu Santo el que habla en mí.