Hemos oído seguramente la expresión “salir de la zona de confort”.

Según la RAE, confort significa bienestar o comodidad material. Esta holgura y comodidad puede ser, y es, psicológica también, no aplica sólo a lo económico. En este segundo sentido vamos a tomarlo.

Podríamos identificar esta famosa zona de confort (cada uno conoce la suya) con un espacio donde nos sentimos a gusto, no hay preocupaciones aparentes, incluso puede que hayamos logrado silenciar cuestiones que nos incomodan. En este ámbito nos sentimos alejados de posibles peligros, de sufrimientos, pero no necesariamente nos sentimos felices estando ahí. Puede que simplemente sea una manera de huir, pero no hacia una vida más plena.

¿Qué problemas tiene esta zona? Así como cuando encontramos un cómodo sofá empezamos a sentir algo de sueño, uno de los males que puede generar el quedarse demasiado instalado en este espacio, es el adormecimiento, el estancamiento. ¿De qué? De la personalidad toda, donde las virtudes, las potencialidades buenas de la persona, quedan como suspendidas, pero los vicios o defectos encuentran oportunidad de echar raíces.

Imaginemos que ocurre lo mismo que en una finca, si el cuidador no saca las malas hierbas todos los días pronto se expanden en todo el terreno y cuesta el doble erradicarlas.

Con el pasar del tiempo, puede incluso que nos veamos en perspectiva, analizando nuestro obrar durante años, y no nos hallemos “ni buenos ni malos decididamente”, sino de temperatura media, tibios, lejos de haber corrido riegos y de jugarnos por cosas grandes, que implican toda nuestra persona. Tal vez hasta el día de hoy, nos hemos limitado a “estar cómodos, relajados” en nuestro metro cuadrado.

Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Apocalipsis 3, 16

¿Tiene algo de malo buscar la paz y la tranquilidad? ¡Claro que no! Pero debemos comprender bien lo que implica. Un artículo de Catholic.net dice lo siguiente al respecto: «Dios mismo en la Sagrada Escritura nos dice que para que haya paz tiene que haber coherencia de vida y para ser coherentes tiene que existir la justicia en nuestra vida. Aquí respondemos por qué la justicia va de la mano con la paz, pues si vivimos como realmente tenemos que vivir, hacemos lo que tenemos que hacer y somos justos con nuestro prójimo, habrá paz.

Hay que trabajar por alcanzar la paz, pero para eso hay que luchar contra corriente. Si nos dejamos llevar por la corriente no significa que haya paz, sino que nos dirigimos hacia una enorme caída. Los que han alcanzado la paz a través de la historia han sido las personas que han luchado contra corriente, los que buscan ser “sal de la tierra” y brillar con todo su potencial en este mundo de tinieblas.

“Dichoso el hombre que trabaja por la paz”. El hombre que posee este tesoro de la paz busca transmitirlo a los demás. Ese fue el caso de Juan Pablo II, un hombre que vivía la paz y buscaba transmitirla a los demás. Era el principal precursor de la paz y trabajaba por llevar justicia a todas las naciones y por eso fue un exitoso emisario de estas virtudes». https://es.catholic.net/op/articulos/8303/cat/190/paz-coherencia-y-justicia.html#modal

Dios es la paz y sólo él puede darla, pero nos pide que pongamos nuestro granito de arena para procurarla. Quiere que actuemos con valentía, responsabilidad, prudencia, caridad, premeditando las cosas, sopesando beneficios y riesgos en ciertas cuestiones, pero QUE ACTUEMOS AL FIN.

Inculcad en las almas el heroísmo de hacer con perfección las pequeñas cosas de cada día: como si de cada una de esas acciones dependiera la salvación del mundo. San Josemaría Escrivá

Sólo quien actúa está verdaderamente vivo, quien hace algo concreto por los demás, quien sabe que quedarse “en el molde”, sin moverse, es morir lentamente, y entonces pone los medios para evitarlo.

No defiendo un activismo constante, pues si no hay oración, silencio y recogimiento, lo demás carece de raíces, de sentido. Tendremos que reflexionar, pensar y preguntarle al Padre cuál es nuestra actividad, según los dones que nos ha confiado, según nuestra misión particular e irrepetible.

Esfuérzate para responder, en cada instante, a lo que te pide Dios: ten voluntad de amarle con obras. —Con obras pequeñas, pero sin dejar ni una. San Josemaría Escrivá

Necesitamos salir de nuestro metro cuadrado, aunque cueste al principio, aunque nos surjan miedos y obstáculos, como a todos. Dios y la Iglesia nos necesitan al frente en la batalla, listos para dar todo de nosotros con el fin de que Cristo reine en todos y en todo.

Empezar a vivir, a arriesgar, a salir de nosotros mismos, tiene como riesgo la caída, el equivocarnos, el tener que volver a empezar, el fracaso tal vez, el cansancio, pero como premio, la felicidad auténtica, la paz interior, la tranquilidad y el gozo de estar haciendo algo por el Señor, sea grande o pequeño y cotidiano.

Un autor que admiro profundamente, Gilbert Keith Chesterton decía: «Un inconveniente es una aventura mal considerada» y encontré un escrito sobre esta frase que dice: «Considerar positivamente a los inconvenientes y transformarlos en aventuras es una invitación deliciosa que hace G.K. Chesterton. Porque hacerlo es abrir puertas a las posibilidades, al poder hacer, al compromiso con las soluciones y a la libertad de elegir.

Quedarse atrapado en la inconveniencia sería considerar que se está a merced, quejarse por el infortunio, bajar los brazos y abandonar todo en manos de lo que ocurre.

Aventurarse, en cambio, es trabajar desde el protagonismo, hacerse cargo de lo que sí se puede hacer, batallar intencionalmente, hacer propias las elecciones del camino a seguir.

Si se ve el inconveniente como un peso que aplasta, un pantano que frena, una superficie lisa en la que no es posible sostenerse, se pierde la posibilidad de ver la magia, la oportunidad, el sutil puente que habilita cruzar.

Estar dispuesto a correr la aventura no es solamente muestra de coraje, sino también de reconocimiento de recursos, de decisión de hacer, de búsqueda de posibilidades.

Y es sobrevolar la incertidumbre y aceptar el viento que pueda ayudar».

“Salir de la zona de confort” tiene una amplia aplicabilidad; es animarse a conocernos en profundidad, con lo bueno y lo malo; es mirar con amor la propia historia de vida; es apostar por encontrar nuestra vocación y misión única; es decidir perdonar y perdonarnos; es iniciar un santo noviazgo, puro y basado en el amor; es dar el paso al matrimonio cuando Dios lo muestre; es rendir ese examen complicado; es conocer gente nueva y permitir que entren a nuestra vida; es cuidar una valiosa amistad y pelear por ella; es empezar un nuevo proyecto; es cumplir los propósitos que he pensado, y tanto más.

Sobre todo, “salir de la zona de confort” es darle nuestra vida al Señor y permitir que la lleve por donde sabe que es mejor; es tomar firme el timón de nuestra vida, con decisión y valentía, dejando que Él haga soplar el viento según sabe que es conveniente y provechoso. Es vencer la pereza y leer la Biblia unos minutos, rezar el Rosario o participar de la Santa Misa.

Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino. San Josemaría Escrivá

Está en nuestras manos elegir una vida tibia, a medias, del 50%, indigna de ser recordada, o una vida plena, bella, que da siempre un poco más, y que al llegar al final de sus días se oiga decir: «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor» Mt 25,14-30.

Debemos plantearnos seriamente: ¿qué estamos haciendo con nuestras vidas?, ¿en qué gastamos nuestros esfuerzos?, ¿en qué invertimos nuestro tiempo, tan valioso y fugaz?

No sabemos cuánto tiempo nos queda, estimado lector, pues no conocemos lo venidero, pero de lo que sí tenemos certeza es que el presente, el hoy, el ahora se nos regala para que lo aprovechemos al máximo, para salvación de nuestra alma y la de nuestros hermanos, cada uno en lo que le corresponda hacer. ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.