Qué irónico resultaría ver que nuestra manera de actuar, hasta el día de hoy, es muy semejante a la de los niños.

Sí, exactamente así. Nos comportamos la mayor parte del tiempo de acuerdo con lo que nuestra razón nos dice: se bueno, aventurero, inocente, prudente o imprudente. Igual lo hacemos porque creemos (o mejor dicho, suponemos) que lo que hacemos está bajo nuestro control, tal y como hacen los niños.

Honestamente considero que no importa que edad tengamos, todos podríamos seguir actuando como niños. Cierto es que algunos serán mejor portados que otros, inocentes y tiernos, y otros más no tanto.

Imagina por un momento a un anciano, una persona que ha recuperado su salud, pero que ahora tiene que pagar una cuenta de varios ceros en el hospital por usar una máquina unos días, la cual le aportaba oxígeno para sus pulmones. Por tan solo unos días este hombre tuvo que pagar mucho dinero por el oxígeno que le dio una máquina, y sin embargo su reacción al salir fue de regocijo absoluto, porque fuera el aire estaba por todas partes y nadie le cobraba un centavo. 

Ahora, imagina unos padres que trabajan turnos dobles para pagar el tratamiento médico de uno de sus hijos, sin descansar en ningún momento con tal de prolongar su vida el mayor tiempo posible, y a su vez, darles a todos los demás la mejor calidad de vida posible. De pronto, la enfermedad del hijo enfermo comienza a desaparecer poco a poco hasta que se sana. Los padres, ante lo que ha pasado, sólo pueden expresar su felicidad y gratitud con lágrimas. 

Y una chica, una joven universitaria de 20 años, que decide irse a estudiar lejos de su casa, porque quiere ser la mujer más exitosa que ella haya conocido. Sin embargo, nada resulta ser como ella quería, sino más bien todo lo contrario. En la pesadumbre de su tristeza se sorprende de que, un día, una señora pobre le convida a un poco su comida con una sonrisa, y ella, sin entender por qué esa mujer realiza este gesto, descubre después que su tristeza se va. 

La filiación es el vínculo y parentesco que existe entre padres y el hijo. La filiación divina es, por tanto, en pocas palabras, nuestro vínculo personal con Dios como hijos suyos y Él como nuestro Padre.

En la vida diaria es difícil aceptarnos como hijos de Dios (a todos nos cuesta), y más porque le exigimos una imagen exacta, un rostro preciso para nuestros ojos. Pero Dios Padre no es así.

Es en los momentos de mayor duelo, donde al ver la conclusión de nuestros problemas que parecían irremediables, sentimos que importamos. Esa sensación es el amor de Dios. 

Una experiencia así cambia la vida y da una percepción distinta de quiénes somos. Porque, si la oscuridad de nuestras aflicciones parecía no tener fin, ¿qué es lo que hizo que todo se iluminara? Si era imposible que por nuestras fuerzas sucedieran las cosas que necesitábamos, ¿quién nos ayudó?

Salir un día del hospital para respirar, ver la sonrisa de un hijo o un hermano que ya no está enfermo y conocer en qué consiste la felicidad contagiosa de una señora pobre, son tan solo unas experiencias que nos pueden hacer sentir confundidos y pequeños, pero también únicos, amados. Las experiencias de Dios son muchísimas.

Es por esto que nuestro actuar puede parecerse al de unos niños que todavía no se dan cuenta de que todo podría ser más fácil si deciden contar con la ayuda de su Padre. Después de todo, somos su linaje, y podemos ser acreedores de todo lo que Dios Padre tiene. Sólo falta que queramos aceptarlo.

Tras haberlo comprendido, seguiremos siendo esos niños, pero, ahora, seremos como un hijo a su padre; el pequeño le preguntará todo lo que le cause duda, le platicará todo lo que hace, lo que hace feliz, así como lo que lo hace sentir triste, porque confía ciegamente en Su Padre, porque sabe que Él nunca le va a dejar abandonado.

Nos convertimos así en una escena tan tierna y bella… No importa si se trata de un anciano, unos padres o de un joven. Seguiremos siendo pequeños, explicando todo acerca de nosotros, aunque ahora habremos de encontrar el amor, lo bueno y bello de todas las cosas en cada momento.  

Sabremos fácilmente quiénes somos, qué es lo que tenemos que hacer y qué es lo que no tenemos que hacer; sólo con saber de dónde somos y quién nos ama, nos evitaremos muchos malos momentos. Será mucho más fácil evitar el mal porque el amor que llevamos dentro nos hará seguros y firmes, miraremos con un optimismo limpio, inocente y alegre la vida, como lo hace un niño que se sabe amado por sus padres.

La filiación divina tiene mucho para darnos, y esta divinidad no consiste en llenarnos de metales y objetos raros, ni de ropas elegantes… todo esto es insignificante. San Pablo dice: “Si somos, pues, del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano” (Hc. 17, 29).

Los objetos preciados de la tierra son de la tierra, nosotros no debemos darle más importancia que esa. Lo preciado de Dios es su divinidad y Él nos la da todos los días; la podemos conocer ahora, en este mundo con cada una de sus creaciones, y entre nosotros mismos. Con su misteriosa y mística presencia nos sabremos amados y protegidos todos los días en nuestra relación única y divina con Él.

Diego Quijano

Publica desde abril de 2019

Mexicano, 28 años, trabajando en ser fotógrafo, bilingüe y un buen muchacho.