Veamos, en primer lugar, esta pintura:

Podemos ver un grupo de personas, una familia, celebrando con gran gozo. Imaginemos algo: si las figuras plasmadas en aquella pintura cobraran vida ¿Conocerían la existencia del pintor?

La respuesta sería no, pues son dos planos diferentes. No sólo en diferencia de dimensiones físicas (tridimensional y bidimensional) sino que también son dos planos distintos de existencia. Los seres de la pintura tienen, imaginemos, vida, del mismo modo que el pintor, pero aquellos la tienen, por tanto, como consecuencia de la acción del artista.

Son distintos tipos de vida, y la vida pintada es inferior a la vida del pintor, pues se trata de una imitación (aunque muy buena) de su naturaleza superior.

El arte imita a la naturaleza lo mejor que puede, al igual que el discípulo sigue a su maestro. Por eso es una especie de nieto de Dios.

Dante Alighieri

Imaginemos aún más: ¿Cómo podrían las personas de la pintura conocer la existencia del pintor?

Bueno, eso sería un proceso filosófico más complejo. Tendrían que averiguar, primero, que ellas son figuras pintadas.

Es decir: que no existen por sí mismas sino que alguien las ha pintado, al igual que ellas podrían pintar un cuadro.

Sería ridículo imaginar que tirando al azar gotas de pintura se llegara a crear la belleza de la que ellos disponen sin un intermediario.

Ergo, existe un pintor. Esa sería una forma.

Observemos ahora esta pintura:

Estas figuras están en una situación muy distinta: una batalla violenta y sangrienta. Esto podría complicar su relación con el pintor en caso de que razonaran su existencia, pues ¿No es acaso un artista alguien que busca plasmar la belleza? ¿Por qué, entonces, luego de haberlos pintado habría plasmado a su vez situaciones tan horribles?

Bueno, primero sería necesario que estos seres entiendan que son figuras pintadas no individualmente, sino en una pintura mayor. Esto es: como parte de un “todo”, inabarcable y limitado por los marcos del cuadro pero con un sentido determinado.

Unido a esto, hay que saber que si bien el pintor tiene una idea ya preconcebida de lo que va a pintar, y esto es algo que cualquier experto en la materia puede confirmar, realmente no pinta a esas personas en situaciones horrendas porque sí, porque le gusta el dolor y la fealdad (por lo menos, no un pintor gentil).

Sencillamente vio en las figuras una belleza que deseaba plasmar pero que lamentablemente estaría unida a cierta dosis de maldad. Siguiendo el hecho de que las figuras cobran vida: están en medio de una batalla que ha surgido por sus propias acciones (algo ya previsto en la idea del cuadro), sin que nadie las obligue.

El pintor colocó el escenario, pero fueron ellas quienes se colocaron para luchar… él sólo las pintó. Permitió que todo suceda como ya había pensado, pero sin forzarlo.

La situación de la pintura, de las figuras y de nuestras vidas es exactamente la misma: al estar inmersos en una obra gigantesca que no se puede contemplar en su totalidad desde su interior, no se logra entender que la belleza de la pintura excede por mucho a los males que en ella son retratados.

De este modo, no sólo es entendible sino perfectamente lógico que el pintor, aún sabiendo los horrores que iban a aparecer en su pintura, decidiera pintarla de todas maneras.

Porque sabe que, al fin y al cabo, la belleza de la pintura será mayor a todos los males e imperfecciones que hay dentro de ella, generados voluntariamente por los seres cuyo dominio sobre la obra el artista les ha otorgado.

Y este artista es Dios.

Dios escribió no tanto un poema, sino más bien una obra, una obra que Él planeó como perfecta, pero que necesariamente fue entregada a actores humanos y a directores de escena, que desde entonces hicieron de ella una gran confusión.

G.K.Chesterton

Su actuar es misterioso. Nosotros somos sus figuras pintadas. Nosotros, en nuestro plano de existencia, dentro de la pintura, no podemos comprenderlo. Él imagina cosas inconcebibles, dibuja cosas incomprensibles, pinta sobre planos imposibles y todas sus obras tienen una belleza inefable, infalible e indescriptiblemente magnánima. Son demasiado hermosas para que seres tan imperfectos como nosotros puedan verlas, siquiera pensarlas.

¡Cuántas veces hemos adjudicado al pintor las maldades del mundo, cuando somos nosotros mismos quienes las realizamos! Son nuestros pecados los que manchan la pintura.

Pero a Dios en lugar de “pintor” le queda mejor “artista”. Porque no siempre usa el pincel, a veces rompe nuestro corazón de piedra y le da forma con un cincel.

Otras veces deja el cincel y usa la pluma, escribiendo recto con su divina inteligencia en renglones torcidos.

En otras ocasiones deja la pluma en el tintero del cosmos y recoge la mítica arcilla del Edén, va a su divino horno alfarero y de ahí deja sus preciosas creaciones en el vientre de las madres, y así vienen cada día cientos de nuevas vidas al mundo, cada una modelada con único y exclusivo amor.

Más ¿Quién puede apreciar este arte? Poco se aprecia al artista que trabaja desde las sombras ¡Cuánto menos al artista que trabaja desde la luz!

Porque a sus creaturas les ha cubierto la sombra del pecado, y muchas veces la obra parece perder su armonía original entre tantos males.

Pero ¿El pincel se rebela al pintor? ¿La pintura al creador? No, esto es puro delirio. Tiene más sentido entender que, de alguna forma, de alguna manera, todo lo que sucede por la maldad humana es permitido por algo.

Y Dios vio todo cuanto había hecho, y vio que era bueno.

Génesis 1; 31

Así es como se atraviesa el problema del mal: teniendo Fe en el Señor.

Estemos seguros que mucho tiempo después, si nos encontramos con el Pintor en las tierras más allá de este mundo (¡Busquemos esto con toda nuestras fuerzas!), nuestra inteligencia verá atrás y observará el precioso lienzo con sus preciosos retoques, y tal será su belleza que hasta las manchas de los males (que creíamos, ilusos, ocupaban la mayor parte del cuadro) serán prácticamente imperceptibles.

Porque la fibra de Satanás no supera en poder al pincel de Dios.

Thiago R. Harispe

Publica desde febrero de 2022

Aunque la aventura sea loca, intento mantenerme cuerdo. 18 años. Argentino. Estudio letras. Miliciano de Fasta, Ruca Nehuén. Intento poner mi corazón en las cosas de Dios. Cada tanto salgo de mi agujero hobbit y escribo cosas.