Me gustaría comenzar este artículo con un dato curioso, que es el siguiente: en la antigüedad, a la Semana Santa se le llamaba “La Gran Semana”. Con el paso del tiempo fue adquiriendo nombres como “Semana Mayor” o solamente como tú o como yo lo solemos decir: “Semana Santa”. De igual modo, a los días que la conforman se les acostumbra llamar “santos”. En esta belleza de temporada los cristianos conmemoran la última semana de Cristo en la tierra. Para los católicos, esta celebración es la fiesta culmen de su fe cristiana, pues como diría el apóstol san Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”. Esta vez hablaremos sobre el Lunes Santo, el segundo día de esta jornada y todo lo que en él se recuerda.

Semana Santa es tiempo de reflexionar, de analizar lo que de verdad tenemos, lo que hemos deseado, lo que realmente necesitamos y agradecer por lo entregado.

ANÓNIMO

A diferencia de los otros días santos, el Lunes Santo pasa casi desapercibido por no celebrarse en él ninguna ceremonia singular, puesto que continúa con la celebración común y corriente de la Sagrada Eucaristía. En este día el color litúrgico vuelve a ser el morado, color propio de la Cuaresma, tiempo que no finalizará hasta la mañana del Jueves Santo. Este color litúrgico nos recuerda que continuamos en un tiempo de conversión como preparación para la gran fiesta de la Pascua. La liturgia de este día santo nos presenta la belleza del Evangelio de san Juan con el pasaje bíblico de la unción de Jesús por parte de su amiga María, hermana de Lázaro, quien en la visita de Jesús a Betania, unge sus venerables pies con sus cabellos aplicándole un costoso perfume de nardo.

Salve, Rey nuestro, solamente Tú te has compadecido de nuestros errores.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO DEL LUNES SANTO

El relato dice que días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, lugar donde vivía María, hermana de Lázaro, a quien Él había resucitado. Allí le ofrecieron una cena. Luego continúa contando que María tomó un perfume de nardo, “auténtico y costoso”, y con sus cabellos comenzó a ungirle los pies a Jesús y la casa se llenó de ése aroma. Acto seguido, Judas Iscariote tomó la palabra alegando que hubiera sido mejor darle ese perfume a los pobres, pero decía esto, no porque le importaran los pobres, sino porque era un ladrón. Jesús le responde de inmediato que no se preocupara por ello, pues María había guardado ése perfume para su sepultura, asimismo que a los pobres siempre los tendrían, pero a Él no siempre lo tendrían. 

«Déjala; lo tenía guardado para el día de Mi Sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a Mí no siempre me tenéis».

SAN JUAN 12, 1 – 11

El texto dice que Jesús fue a la casa de María y de Lázaro donde le ofrecieron una cena. María servía la comida mientras Lázaro estaba en la mesa junto con Jesús y sus discípulos. Podemos imaginarnos la cercanía que había entre Jesús y María a secas para que el Señor fuera a cenar y charlar con ellos. Acerca de la unción, podemos imaginarnos también la cantidad de dinero que habría ahorrado María únicamente para comprar el perfume de nardo y guardarlo exclusivamente para el Señor. Además María ungió los pies del Señor con sus cabellos. No sé a ustedes, pero al menos a mí esto me parece una actitud de muchísima humildad: que María, poniéndose a los pies del Señor, los unja con sus cabellos. Pero en esas actitudes o acciones, no falta la envidia de los demás, y es ahí donde entra Judas Iscariote, que se hizo el humilde al decir que hubiera sido mejor darle ése perfume a los pobres, aunque él lo decía solo porque era ladrón y seguramente sabría cuánto dinero valdría tal perfume. Dice san Juan Climaco: “La humildad es lo único que ningún demonio puede imitar”. A todo esto, Jesús declara que María había guardado el perfume para su sepultura, también que a los pobres siempre los tendrían, pero a Él no. Con esto último estaba prediciendo su pasión y muerte. 

No hay lugar más alto que estar a los pies de Jesús.

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En conclusión, el Lunes Santo nos deja una enseñanza muy bonita, no para esta Semana Santa, sino para toda nuestra vida. Una actitud que deberíamos hacer nuestra cada día de nuestra vida, la de la oración. El perfume con el que María ungía los pies del Señor simboliza nuestra oración. Pongamos a los pies del Señor todas nuestras peticiones y dejemos que el aroma de la belleza de la presencia de Dios inunde nuestra casa así como inundó la casa de María y de Lázaro. Que en esta Semana Santa y en toda nuestra vida cristiana, los santos María y Lázaro nos alcancen una actitud de oración para poder tocar al menos con nuestros cabellos los sacrosantos pies de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Sergio León

Publica desde julio de 2020

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Soy un joven rolo que vive en Medellín - Colombia; de 17 años de edad; amante de la fe católica, apostólica y romana; provida de por vida; aficionado por la escritura por la cual intento llevar a mis lectores un mensaje de la eterna misericordia del Padre.